GANÉ
- Belgica Jorleny Garcia Cardenas
- 12 feb
- 5 Min. de lectura
La lucha invisible
Muchas parejas que se separan ni siquiera saben por qué están peleando con su expareja, sobre todo cuando pasan muchos años. Lamentablemente, yo no fui una de esas. Mi proceso se convirtió en violencia.
Mi abusador ya no me tenía cerca; ya no podía llegar a la casa para pegarme, humillarme, ahorcarme, triangularme, insultarme, minimizarme ni denigrarme, ni abusarme. Pero, podía permitirse parecer "padre responsable" mientras eso le diera acceso a controlarme.
Alas que crecen en la adversidad
Pero entre más días pasaban, más mis alas crecían. Más mi resiliencia se ejercitaba en el gimnasio diario de la vida, siendo madre a tiempo completo de una bebé y dos preadolescentes con afectaciones emocionales producto de la violencia.
Y, aun así, la mujer que nunca tuvo nada en todos sus años de matrimonio, en 2 años logró conseguir respaldo económico propio, crecer, conseguir récord crediticio creciente y estable, que se esforzó por destruir.
El precio de la independencia frente al abuso
Y así vinieron “mejoras” … pero lo que no te dicen del abuso por comportamiento controlador y manipulador es que entre más te independizas, más cerca te quieren para castigarte. No soportan verte salir adelante. Sus egos frágiles piensan que deben castigarte porque no sigues en el dolor, no soportan ver las consecuencias de sus actos, no soportan ver que no es que ya se les fue el tren, sino que tu amor tomó un vuelo al Triángulo de las Bermudas.
Y como ya no te enganchan con emociones pasionales, entonces ellos, con su inmadurez emocional tan carente de perspectiva y realidad, hacen lo único que saben hacer bien: CASTIGAR, porque no saben canalizar su dolor, frustración y sobre todo PERDER EL CONTROL.
Pequeños logros, grandes victorias
Pese a no tener el excelente trabajo que él tenía, y pese a haberme dejado atada de manos, aun así, iba saliendo a flote. Tuve mis pequeños logros… imagínate a alguien con un castillo envidiando tu casita de paja. Sí, así de infantiles son. No es lo que tienes, es lo que sos- sos feliz con lo que Dios te da, y eso ellos jamás lo van a lograr.
Yo nunca pedí que la balanza se inclinara más de mi lado; pedía que la balanza dejara de aplastarme, a tal punto que me ahogaba y me enmudecía totalmente, me petrificaba y me iba hundiendo lentamente.
La paradoja de la sociedad
Y es ahí la paradoja: la sociedad siempre nos culpa a las mujeres por "quedarnos mucho tiempo si sufrimos violencia doméstica", también es la misma sociedad que nos "señala de locas porque regresamos". Pero lo más cruel es que la misma sociedad te castiga cuando no haces ninguna de las dos anteriores.
Yo salí buscando protección y justicia para mi bebé en mi vientre y mis dos hijos, y lo que encontré fue algo peor de lo que ya vivía. No voy a negar cuántas veces llegué a comparar mentalmente: ¿qué es peor? Lo peor era no poder diferenciar, y esa es una atrocidad: que una mujer que busca justicia para ella y sus hijos no sepa diferenciar si su vida era mejor antes de pedir ayuda y denunciar, o si el infierno que le ha tocado vivir después.
Él siempre me castigaba cuando no obedecía, pero es más duro ver que el sistema me castigaba por querer salir de las garras de mi abusador.
Proteger a mis hijos, mi misión
Esto no era una guerra, ni un concurso, pese a que cuando ofrecí inicialmente un divorcio de mutuo acuerdo, su respuesta fue: "usted y yo vamos a luchar hasta el final". Y eso es algo de lo que me arrepiento profundamente: haberle dado el placer de tenerme luchando por resguardar a mis hijos. Pero jamás me voy a arrepentir de protegerlos, porque lo voy a hacer siempre que sea necesario.
Soy una mujer que cree en la justicia, y esa justicia se me negó de manera reiterada por casi tres años. Yo necesitaba hacerme escuchar, alzar mi voz y resguardar a mis hijos, protegerlos, porque quedarme callada, sin defender sus derechos, era para mí un acto de cobardía no compatible con el amor que les tengo. Era enseñarles que la dignidad no vale, era enseñarles que la vida, si no es fácil, debo vender mi dignidad y quien soy. Era enseñarles que, por comodidad, es mejor dejarse ser abusada. Una vez tomas conciencia del abuso, no hay vuelta atrás.
Mi derecho fundamental
Mi lucha nunca fue material, sino porque me arrebataron un derecho fundamental: el derecho a ser escuchada, a que se valore mi testimonio, mi derecho a un proceso justo, porque eso representaba yo a mis hijos. Era yo quien debía explicarles consecutivamente cada cambio y cada disminución en su calidad de vida, dictada por otras personas. ¿Cómo podría rendirme sin dejar constancia de la verdad? Eso es lo que YO QUERÍA: que se valorara la verdad, no emociones, no perspectivas, no opiniones. Bajo el marco de la ley no hay simpatías ni favores; las leyes: son simples en verdad.
La estabilidad de mis hijos
Lo que salga de este momento no determina quién soy; no tiene nada que ver conmigo, pero sí determina la estabilidad de mis hijos. Eso es lo que debe hacer la ley. No es un favor, es un deber con ellos; no conmigo, ni a favor ni en contra mía, ni a favor ni en contra del padre. ES A FAVOR DE TRES NIÑOS, que nunca debieron sufrir todo a causa de lo que fuese que lo haya causado.
Y la verdad es que no necesito que nadie me lo diga, pero yo sí me lo reconozco: como madre, soy la P#T@ AMA.
Lecciones de vida y amor
Yo a mis hijos les pido perdón cuando me equivoco, reconozco mis errores, les enseño que la adultez no es consecuencia de decisiones más fáciles, sino más difíciles. Les enseño que el fin no justifica los medios. Les enseño coherencia entre lo dicen y lo que hacen. Les enseño que el mundo a veces puede ser injusto, pero eso no nos convierte en un reflejo de ese mundo. Les enseño que donde impera el caos, la estabilidad predomina. Les enseño a apreciar lo bueno y bonito de la vida. Les enseño que en todo momento Dios está, hasta en los más difíciles; incluso ahí lo podemos ver con más claridad. Les enseño que, aunque se sienta injusto lo que han vivido, Dios no se equivoca y no hay justo desamparado, dice su palabra. Pero, sobre todo: donde hay amor, hay fuerza, y ellos son la mía.
Y si yo cuido tanto sus corazones, no voy a permitir que nadie, por la razón que sea, les haga daño. Eso solo sobre mi cadáver.
Epílogo: justicia y libertad
A partir de ahora, la protección y el bienestar de mis hijos ya no dependen de mí.
Porque sí creo que la justicia existe más allá de mi fuerza; actúa con sus propios tiempos, imparcial y definitiva. Yo ya hice mi parte, ya alcé mi voz y defendí lo que debía defender.
No soy partidaria de disputas, juegos mentales, estrategias, ni mucho menos de cosas poco éticas.
Creo que, sin saberlo, esa fue la razón por la cual, pese a que siempre me dijeron “ella es la mejor”, mi energía NUNCA la consideró.
Y debo aclarar que es algo con lo que difiero rotundamente: para mí, un título, bienes o “capacidad técnica de tergiversar escenarios” no superan la ética y los valores; si hay carencia de los mismos, lo demás está demás.
Y en verdad, jamás hubiese permitido actuaciones contra mi ética y moral con tal de “ganar”, porque para mí, nadie gana cuando hay menores involucrados, sobre todo cuando sufren o sufrieron innecesariamente.
Pero sí puedo decir: “GANÉ”, porque hasta que pude hablar por ellos, no me retiré de la trinchera.




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