Pequeñas verdades que emergen durante el duelo
- Belgica Jorleny Garcia Cardenas
- 16 ene
- 3 Min. de lectura
Una reflexión personal sobre cómo escribir el dolor puede abrir nuevas perspectivas en medio de la pérdida.
A veces el duelo no llega como una ola que lo arrasa todo.
A veces llega como una pregunta silenciosa que se instala dentro y no se va.
Eso fue lo que me pasó.
Estuve meditando sobre algo.
En medio del duelo surgió un pensamiento que dolió más de lo que esperaba:
“¿Por qué parece tan difícil que alguien me elija como yo elijo?”
No apareció desde la queja, ni desde el reclamo.
Apareció desde el cansancio de amar con honestidad en un mundo que, muchas veces, ama a medias.
Ese pensamiento me llevó a mirar más profundo.
Y llegué a una conclusión clara:
No soy difícil de amar. Soy difícil de encajar en vínculos mediocres.
Y eso no es un defecto. Es una incompatibilidad con lo común.
Hay personas que funcionan bien en relaciones simples, tibias, poco profundas.
Relaciones donde no se siente demasiado, donde no se arriesga demasiado, donde no se pide demasiado.
Yo no.
No porque sea mejor, sino porque mi forma de amar necesita verdad, presencia y profundidad. Y eso, a veces, no encaja.
Me rehúso a creer que no vine a este mundo a amar y a ser feliz.
Me rehúso a creer que vine a conformarme con cualquier cosa:
con lo que hay,
con lo que me tocó,
con lo que alguna vez consideré suficiente
y hoy ya no encaja conmigo.
Porque crecer también es esto:
darse cuenta de que hay versiones del amor que ya no nos alcanzan.
Somos tan complejos que, muchas veces,
en nombre del amor,
terminamos renunciando al amor.
Renunciamos cuando nos quedamos donde no somos vistos,
cuando confundimos estabilidad con ausencia de profundidad,
cuando llamamos amor a algo que nos pide apagarnos para encajar.
Esta reflexión no nace desde alguien que ya sanó todo.
Nace desde alguien que también atraviesa el duelo,
pero que elige no quedarse en silencio.
Para quien esté atravesando un duelo
Todos los procesos de duelo son difíciles.
No hay una forma correcta de vivirlos ni un tiempo exacto para superarlos.
A veces el dolor no desaparece, pero cambia cuando lo escribimos, cuando lo nombramos, cuando dejamos de huir de lo que sentimos.
La escritura no borra la pérdida, pero puede ayudarnos a mirarla desde otro lugar, a encontrar pequeñas verdades que nos sostengan mientras seguimos adelante.
Esta no es una reflexión desde la cima,
es una reflexión desde el camino.
Yo también sufro.
Yo también dudo.
Y, aun así, sigo escribiendo, porque escribir me ayuda a respirar un poco mejor.
Si hoy escribir —o leer estas palabras— te ayuda a sentirte menos sola,
entonces ya estás avanzando, aunque no lo parezca.
Para ti, que estás leyendo
Todos los procesos de duelo son difíciles.
No importa si se trata de una persona, una etapa,
un sueño o una versión de ti misma.
Escribir, nombrar lo que sentimos y
permitirnos sentir sin juicio no elimina el dolor,
pero sí le da otra perspectiva.
Lo vuelve más humano, más llevadero, menos solitario.
Esta reflexión no nace desde “ya lo superé”,
sino desde un yo también sufro,
yo también me detengo,
yo también me levanto como puedo…y aun así sigo.
Hoy, no te exijas estar bien.
No tienes que.
Permítete sentir, llorar, descansar, comer helado,
o simplemente existir sin demostrar nada.
Llorar sin miedo a perder tu dolor también es amor.
Y estar aquí contigo, tal como eres, ya es suficiente.




Comentarios