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Amor y economía emocional: la trampa de lo que aparenta ser amor

Hoy en día, muchas mujeres vemos en redes sociales cómo hombres presumen lo que tienen, y cómo mujeres muestran flores, regalos, carros y lujos.

Sin quererlo, aprendemos una idea de amor: el que ama, “lo demuestra” con cosas.

Mi experiencia me enseñó algo distinto y profundamente humano:

el amor no se compra, no se mide por lo que alguien da materialmente, sino por lo que da emocionalmente y desde dónde lo da.

Durante mi matrimonio, "no tenía carencias económicas" - pero en realidad eran mis hijos quienes no tenían carencias económicas, y eso me hacía "pensar que era lo correcto".

Mis hijos pedían celebrar cumpleaños en Los Ángeles y su padre se los cumplía.

Desde fuera, todo parecía perfecto: estabilidad, comodidad, regalos, viajes… y yo vivía pensando que eso debía ser suficiente para ser feliz.


Pero la realidad era otra: lo que parecía amor no era más que un espejismo sostenido por regalos y gestos materiales después de abuso tortuoso, y cada vez que quería salir del abuso, el "daba" y yo, justificaba que era su "manera de pedir perdón".

Durante años, elegí desde la carencia, aunque fuese inconsciente de ello, y no desde el amor real.


El valor del amor auténtico

Con el tiempo comprendí algo fundamental:

el valor de una persona no está en lo que tiene, sino en quién es y cómo actúa.

  • He visto hombres con recursos que solo saben mostrar afecto a través de lujos y regalos, pero carecen de capacidad para gestos genuinos de amor y cuidado emocional.

  • He visto hombres que, aun con responsabilidades y limitaciones, priorizan, cuidan y muestran afecto de manera sincera y consciente.

No es suficiente recibir: importa profundamente desde dónde se da y desde dónde se recibe. Un regalo solo tiene valor cuando nace de autenticidad, cuidado e intención de contribuir al bienestar del otro, y no de obligación, manipulación o estrategia.

Durante mi matrimonio, uno de mis mayores arrepentimientos fue perdonar y quedarme cuando comprendí que mi pareja entendía mi perdón como que podía “comprar mi dignidad" con dinero o regalos, o compensar comprando los golpes que me daba.

Me prometí nunca más aceptar amor desde la carencia o la transacción emocional, aunque nunca fue algo consciente, hasta que comencé mi proceso de sanación.


Amor verdadero vs. apariencia de amor

Hoy sé que el amor no se trata de lo que alguien puede dar, sino de cómo nos hace sentir, cómo nos respeta, cómo nos elige y cómo nos incluye en su vida, sin condiciones ni juegos de poder.

Las heridas y el lenguaje del amor: cuando amar nace desde la carencia

Nuestros lenguajes del amor no siempre nacen desde la plenitud.

Muchas veces nacen desde una herida.

El sistema emocional de un niño no interpreta el amor desde la lógica, sino desde la experiencia.

Aquello que alivia una carencia profunda, se graba como significado de amor.

Y ese registro, si no se revisa, se arrastra a la vida adulta.

Cuando en la infancia hay carencias —económicas, emocionales o afectivas— cualquier acto que cubra momentáneamente ese vacío puede convertirse en “prueba” de amor para el sistema nervioso de un niño. No porque sea amor en sí, sino porque fue lo único que llegó cuando algo faltaba.


Durante mucho tiempo creí que mi lenguaje del amor eran los actos de servicio y dar y recibir obsequios.

Pero con los años entendí que eso no nació de una preferencia sana, sino de una herida infantil no nombrada.

En mi infancia hubo carencias económicas y, sobre todo, abandono emocional materno. Nunca tuve Barbies.

No porque fueran un lujo trivial, sino porque representaban algo más profundo: pertenecer, ser vista, ser tomada en cuenta. Rogué por mucho tiempo por una Barbie.

Tiempo después, tras ese abandono emocional, mi madre me regaló una Barbie.

No cualquiera: la que yo quería, una Barbie de Selena.

Ese día, mi sistema emocional hizo una asociación poderosa e inconsciente:

amor = recibir cosas cuando no recibo presencia, afecto o cuidado.

No fue un pensamiento racional. Fue una huella emocional. Mi cuerpo aprendió que el amor no venía con palabras, ni con abrazos, ni con seguridad… venía después, en forma de objeto, como compensación.

Y así, sin darme cuenta, crecí creyendo que sentirme amada era sentirme “compensada”.

Ahora entiendo, que, por eso, en la adultez, toleré vínculos donde el daño emocional, físico, psicológico, económico, o sexual era seguido de compensación "regalos, viajes o gestos materiales".

Mi herida reconocía eso como amor, porque era el lenguaje que había aprendido.

No porque fuera sano, sino porque era familiar.


Aquí hay algo importante que debo decir sin culpa:

- No elegimos nuestras heridas.

-Pero sí podemos elegir sanarlas.


Cuando no sanamos nuestras carencias infantiles, corremos el riesgo de:

  • confundir compensación con amor,

  • confundir regalos con reparación emocional,

  • confundir estabilidad material con seguridad afectiva.

Sanar implica revisar desde dónde amamos. Desde dónde recibimos. Desde dónde toleramos.

Hoy entiendo que el amor sano no llega a cubrir carencias después de herir, sino que no hiere en primer lugar. No compensa. No compra. No repara con cosas lo que destruye emocionalmente.

El verdadero trabajo no es cambiar de pareja, sino cambiar el lugar interno desde donde interpretamos el amor.

Porque cuando sanamos la herida, el lenguaje del amor también cambia.

Y dejamos de llamar amor a lo que solo era una herida buscando alivio.

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