Cómo yo caí en violencia económica sin darme cuenta
- Belgica Jorleny Garcia Cardenas
- 12 ene
- 4 Min. de lectura
Contexto y propósito
Durante años, viví en una relación donde el dinero y los recursos estaban presentes, pero también el poder y el control sobre mi vida.
Al inicio, la desventaja económica era clara: él ganaba más y yo me quedaba en casa. Luego, me “permitió” estudiar con la idea de que, cuando los niños crecieran, podría aportar con los gastos de educación. Como estudié para ser maestra, él trazó mi camino:
“Si usted es maestra, puede pedir en las escuelas algún beneficio.”
En ese momento me pareció lógico, pero no vi lo que estaba detrás: desde niña siempre quise estudiar medicina, y él no me permitió. Esa fue la condición para casarnos: no iba a esperar que me graduara y, una vez casados, no permitiría que hiciera internados fuera de San Pedro Sula. Entonces, cedí.
Primeros indicios: restricciones y control
Comencé a trabajar en una consolidadora de carga y me encantó.
Quería estudiar Administración Aduanera, pero la carrera solo estaba completa en Tegucigalpa y él no me permitió hacerlo.
Me convenció de renunciar a trabajos que me gustaban, usando excusas sobre compañeros o la “coquetería” de mi jefa.
Así terminé de nuevo en casa, pensando qué podía hacer. Un día me sugirió:
“Vi este anuncio en la prensa. Buscan una maestra de inglés para preescolar, y la escuela queda de camino a la bodega. Debería ir a ver cómo le va.”
Fui. Me dieron el trabajo y, aunque inicialmente quise renunciar por multigrado, poca experiencia y salario bajo, eso sí le pareció bien.
La escalada: control económico y manipulación
Cuando quise estudiar e ir a la universidad para mejorar mi trabajo, él puso condiciones:
Debía quedar embarazada mientras estudiaba.
Solo tenía cuatro años para graduarme, porque después de eso no me apoyaría.
El apoyo que ofreció fue solo logístico (carro y combustible), útil, sobre todo porque debía trasladar a mis hijos desde casa hasta donde vivía mi mamá. Cedí.
La violencia económica se intensificó:
Él se compraba ropa normal, igual que los niños; a mí solo en tiendas de segunda.
No me daba dinero para mis gastos personales mientras estudiaba, trabajaba en casa y le ayudaba en su negocio de exportación de repuestos.
Me impulsó a invertir en negocios propios, pero cuando empecé a generar ingresos, exigió porcentaje o devolución de inversión.
Incluso con logros académicos y becas, sus palabras reflejaban control:
“Si con una licenciatura ya se me hace difícil controlarla, no digamos con una maestría.”
Los celos, reproches y exigencias aumentaron: control sobre mi imagen, alumnos, horarios e independencia. Cedí una y otra vez.
La normalización: ceder y aguantar
Trabajé en varios lugares, con horarios limitados y salarios bajos, mientras él controlaba decisiones económicas y profesionales.
Durante la pandemia, renuncié a trabajos para priorizar a mis hijos, porque él no quería gastos en acompañamiento, siendo yo maestra.
Cuando me negué a hacer todas sus clases en línea, se enojó y comenzaron los castigos.
La violencia ya no estaba enmascarada: me trataba como trabajadora y no como esposa, minimizaba mi aporte y me hacía responsable de gastos que no me correspondían.
Nuestra pelea eterna sobre cosas pequeñas, como “la piña” en el supermercado, era símbolo de un control profundo sobre mi vida y decisiones.
El quiebre: darse cuenta y poner límites
Ahí comprendí algo profundo:
Ceder no trae paz ni respeto.
Aguantar no es la solución.
Mi valor no depende de otros ni de cuánto intenten controlarme.
Poner límites es un acto de amor propio y dignidad.
Cuando, en diciembre de 2025, me dijo:
“GANASTE”
entendí que la verdadera victoria no está en la lucha externa ni en quien “gana” o “pierde”. Está en mi espíritu, en mi capacidad de marcar límites, elegir dignidad y confiar en que merezco respeto en todos los aspectos de mi vida.
Diferencia clave con una relación sana
Según la psicología de relaciones:
Decisiones compartidas: las decisiones importantes se toman entre dos, no de manera unilateral.
Beneficio mutuo: las decisiones benefician a todos, no solo a uno.
Apoyo recíproco: si uno trabaja, el otro aporta en cuidados del hogar.
Valoración equitativa: ambos se valoran y respetan por igual; no hay reproches ni control económico.
Autonomía y respeto: cada miembro mantiene independencia, libertad y capacidad de decisión.
En contraste, la violencia económica se centra en el control, la dependencia y la manipulación, erosionando la autoestima y la autonomía.
Cómo empezar a salir de ahí
Dejar la “lealtad” al abusador:
Lo que sentimos como “lealtad” hacia el abusador es, en realidad, miedo.
Creer que cualquier paso contrario es traición es un mecanismo del ciclo de abuso. Dejar de traicionarte a ti misma es el primer acto de libertad.
Reconocer la manipulación:
Identifica control, reproches, celos, amenazas y condicionamiento económico.
Comprende que no es amor, sino abuso.
Recuperar autonomía financiera:
Retoma decisiones sobre tus ingresos, gastos y carrera profesional.
Cada paso hacia la independencia es un acto de fortaleza y amor propio.
Red de apoyo:
Amigos, familia o profesionales de confianza pueden ayudarte a sostener la decisión de salir del ciclo de abuso.
No estás sola; no es tu culpa.
Reafirmar tu valor:
Tu valor no depende de dinero, regalos, de lo que tengas, ni aprobación externa.
La libertad, la seguridad y la paz comienzan al respetarte y proteger tu dignidad.
Reflexión final:
Pregúntate: si no existiera el temor de perderlo todo —dinero, hijos, estabilidad—, si esa posibilidad no existiera, ¿seguirías eligiendo estar con esa persona?
Aprender a responder con honestidad te acerca al primer paso de recuperación y empoderamiento.




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