Manifiesto: Cuando se rompen los votos con consciencia
- Belgica Jorleny Garcia Cardenas
- 2 ago 2025
- 7 Min. de lectura
Actualizado: 4 ago 2025
“Romper no es destruir; a veces, es el único camino hacia la construcción real.”
Cuando la herida se vuelve maestra
Hoy puedo decir algo que antes hubiera parecido imposible:
Me siento agradecida con la mujer que tocó la puerta del corazón de mi esposo cuando aún estábamos juntos.
Porque, aunque me dolió, no estaría siendo la mujer que soy hoy si ella no hubiese aparecido.
Ella fue la chispa que encendió un incendio, sí, pero también la que me obligó a reconstruirme desde las cenizas.
No todo es blanco o negro
Lamento que su vida pueda convertirse en la mía algún día, pero en el fondo espero que no.
Espero que encuentre la salida, que no repita esta historia.
Porque no todos los hombres son malos, ni todas las mujeres son malas.
No todo es blanco o negro. Solo somos humanos.
Y no, no creo que siempre se trate de “falta de amor propio”, como muchos dicen.
El corazón de la persona más “correcta” también puede ser tentado.
Hasta Jesús fue tentado.
Romper creencias heredadas
Sí, hay karmas, pero también hay creencias limitantes que cargamos y necesitamos romper.
Una de las mías fue la idea que mi mamá me repetía antes de casarme:
“Una vez te subís al macho, no te bajas. Esto es para toda la vida.”
La cosa es que yo descubrí otra verdad: yo tengo más de una vida.
Y en esta, decido vivirla libre. ✨💜
El verdadero rostro del amor
Nunca hubiese conocido al hombre que amo —ni por casualidad— si hubiese seguido casada.
Y lo bonito del amor debería ser simplemente eso: amar.
No amar esperando algo a cambio. Claro, no hablo de recibir dolor, pero tampoco de condicionar tu entrega a que el otro te devuelva lo mismo.
Eso, para mí, es amor incondicional: amar a un ser humano por lo que es.
Yo amé a mi esposo, socio narcisista bipolar, por 14 años. Lo amé de verdad.
Y espero que ella logre amarlo así, porque yo ya no podía.
Hubiese querido dejar de amarlo antes.
El aprendizaje que queda
Después de haber estado casada y de haberme separado, pienso que, si hubiese tenido la suficiente inteligencia emocional para ver que, cuando dos personas ya no tienen nada que decirse, cuando no hay ternura ni paz… lo correcto es alejarse, no luchar.
Deberíamos dejar de insistir en la idea de que “el amor se lucha”, porque no.
El amor simplemente es. La Biblia nunca dice: “luchen por amor”.
Sé que lo amaba, porque cuando él no tenía nada, lo elegí.
Recuerdo aquella vez, cuando aún éramos unos cipotes, planeando la boda y el me preguntó con miedo:
—“¿Y si no me alcanza el sueldo para que comamos los dos?”
Y yo, riendo con la fe ingenua del amor, le respondí:
—“Pues comemos los dos del mismo plato”.
No nos tocó tan trágico, pero sí hubo momentos límite donde me tocó sostenerlo en conjunto como su esposa.
Estábamos ya muy mal, pero era mi esposo. Y yo no soy de las que deja sola a su pareja en su peor momento.
Eso, para mí, es amor: ver a alguien en su oscuridad y decidir acompañarlo.
Lo triste es que no siempre eso se valora. Pero lo bueno es que, aun así, sigue siendo amor.
Y el amor verdadero no necesita ser devuelto, solo pide no ser destruido.
El amor que nació de la nada en medio del caos
Lo nuestro no empezó con planes ni estrategias.
Fue un amor que apareció de la nada, sin avisar, y que me envolvió con fuerza.
Un amor difícil, sí… pero no porque no hubiese sido algo maravilloso si los dos no estuviésemos envueltos en salir de nuestro pasado doloroso que no nos quería dejar volar.
Aunque pareciera que era la persona correcta en el momento equivocado, entendí que no lo era.
Él llegó para mostrarme un reflejo de mí misma, de la mujer que yo fui hace unos años cuando conocí a Matthew.
En aquel entonces, yo fui cobarde: por miedo a perder a mis hijos, le regalé siete años más a un matrimonio que se llevó lo mejor de mí y de mis hijos, dejándonos heridos y fragmentados.
Entendí algo grande: muchas veces no tenemos empatía hasta que nos toca vivirlo.
El ego nos empuja a pensar:
“yo lo voy a hacer diferente, yo sí voy a resistir” … ¿pero a costa de qué?
Yo rompí ese ciclo cuando lo vi de frente.
No podía seguir en un matrimonio de culpa, manipulación y dolor.
Mis hijos jamás serían felices así.
Entre lo que vivíamos antes y lo que vivimos ahora, prefiero las penas de hoy… porque donde hay amor y ternura se puede resistir, aunque duela.
Al menos, ya no tienen que fingir dormir cuando su papá llegaba del trabajo, esperando a ver si venía de buenas para salir a saludarlo, o si mejor se dormían de verdad porque lo más probable era que viniera de malas.
No siempre quedarse a “salvar” un matrimonio es lo correcto.
No digo que todo esté roto, pero creo que la dureza con la que muchos entramos en el matrimonio —con corazones endurecidos— nos lleva a elegir mal.
La ilusión y la desilusión
Me dolió comprender que la seriedad que yo veía en él no era firmeza, sino culpa.
Que cada vez que algo se volvía incómodo, él elegía callar, marcharse, desconectarse.
Entonces entendí: que él sufre más de lo que expresa. Y es por eso que desde que lo conocí sus ojos me hablaban con ternura, la ternura de una persona que solo busca refugio y amor.
Alguien que no quiere lastimar, pero cuyo corazón sabe que ahí por más que se esfuerce por regresar, por ser presente...JAMAS encontrará lo que necesita.
Y pienso en mi pobre exesposo
Casado con una mujer que no era fiestera, que no bebía (aunque a la fuerza me obligaba a hacerlo, a punta de golpes, para poder copular conmigo).
Una mujer de casa, de familia, que disfrutaba estar con sus hijos, entregada al hogar… mientras él vivía frustrado, queriendo seguir como soltero: de parranda, entre alcohol, drogas y promiscuidad.
Se casó creyendo que eso llenaría un vacío, y me da tristeza, porque nunca pudo ser feliz.
Vivía frustrado, buscando libertad, pero atado a una vida que no sabía sostener.
Creo que hace menos daño seguir el corazón desde el inicio.
Pero si ya tienes hijos, al menos sé responsable y presente de alguna manera.
Y si esa presencia te frustra, por lo menos cumple económicamente con todo, para que el padre que sí quiere ejercer su paternidad pueda hacerlo.
El egoísmo, en cambio, es brutal.
Y, aun así, espero que en la vida que él quería tanto; la vida de excesos y lujuria él sea feliz. Yo no soy nadie para juzgar, cada quien con lo que le gusta.
La dualidad que retiene
En realidad, no es una cosa tan simple cuando estás casado y tenés hijos, y ya sabes que tu matrimonio no funciona.
DUELE.
Bueno, al menos a mí me dolía.
Desde que era pequeña soñaba con tener mi casa, mis hijos y mi familia, como buena canceriana de junio.
Recuerdo los domingos siendo una niña, limpiando mi casa, moviendo los muebles, dejándola impecable y pensando:
“Un día tendré mi propia casa y será hermosa, y tendré una familia hermosa.”
La verdad es que cuando somos niños no vemos el mundo tan feo, y creo que deberíamos luchar por ver la vida siempre así.
Yo sí creo que un día tendré eso: una hermosa familia, un esposo al que amar y unos hijos felices.
Y ESA IDEA PROYECTADA, de lo que luchamos por mantener, duele dejarla ir.
A mí me rompía en mil pedazos pensar en divorciarme, aunque me desgarraba por dentro… me aferraba a mi sueño, no a mi realidad.
Hoy he conocido a alguien que me ha hecho soñar con eso otra vez.
Y puede que no sea él, pero casada sabía que era imposible, y aun así seguía porque era “lo correcto”, y sufría.
Y es esa dualidad que nos ata, nos congela…
¿Me quedo a pesar de mi miseria o me voy y soy feliz, aunque eso me genere culpa?
Porque ser feliz no debería ser una culpa.
Desde ahí, podés decirte tranquilamente: No sos una mala persona.
Mala persona serías si teniendo una doble vida no te sintieras mal y te justificaras como los narcisistas.
Pero no… normalmente sufrimos por lo que nos meten en la cabeza:
que quedarse en el matrimonio a costa de lo que sea es “hacer lo correcto”.
¿Hacer lo correcto? ¿Pero correcto para quién?
Porque no es lo correcto ni para los hijos si vivimos como perros y gatos.
Ellos crecerán e irán a repetir la misma infelicidad creyendo que eso es el amor.
Hoy pienso: no, mis hijos tienen que verme con alguien que me ame, me cuide, me proteja, me hable con amor y me apoye…
Para que aprendan que sí existe el amor.
No pienso conformarme.
Y mientras llega, sola les enseño la parte de estar solo, y de que a veces sufrir por amor también forma parte de la vida.
Porque, aunque seamos adultos, también sufrimos cuando nos rompen el corazón.
Reflexión final
La culpa es el ego forzándote a mantener cadenas que te impiden conectarte con tu alma.
Porque a través del miedo y del dolor nos hundimos en la vanidad y en lo material como reemplazo de lo que realmente importa.
Y créeme: para Dios siempre será mejor tenerte en comunión con Él que lejos de Él.
También es enseñar a tus hijos que el amor a uno mismo es importante, porque ellos aprenden desde el ejemplo, no desde lo que decís.
Al final, creo que una pareja debe elegirse desde una pregunta simple:
“Si me quedo sin nada, si toco fondo, ¿esta persona me ama lo suficiente para sostenerme cuando yo no pueda?”
Porque no es en los momentos bonitos donde se mide el amor, sino en la tormenta.
Y ahí aprendí que no hay errores, solo lecciones de vida.
Y si sabés dentro de tu ser que ya lo disté todo, y querés tener la claridad de decisión, contéstate esta pregunta sinceramente, sin excusar a tu cónyuge.
Esa respuesta te dirá mucho… si te la das con honestidad.





Comentarios