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Infidelidad Manifiesta:

Actualizado: 5 jul 2025

No me toca juzgar, me toca sanar: Una reflexión bíblica sobre el ego, la infidelidad, el juicio y el verdadero respeto propio


"¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en el tuyo?" — Mateo 7:3


Durante años me dijeron que había pecados “más grandes” y otros “más pequeños”.

Que mentir era “menos grave” que ser adúltero, que enojarse era “más entendible” que desear lo ajeno, y que perdonar estaba bien… pero solo si el otro lo merecía.

Y con ese criterio torcido, muchas mujeres crecimos creyendo que señalar a la “otra”

(la amante, la rival, la mujer que se metió en medio) era una especie de deber moral.


Como si el juicio fuese parte de nuestra dignidad.

Como si hablar mal de ella nos hiciera mejores.


Pero ¿qué dice la Biblia sobre eso?

La Biblia no habla de jerarquía de pecados...

Habla de humildad de corazón.


Romanos 3:23 nos recuerda que:

“Todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios”.

En Proverbios 6:16-19, cuando se enumeran los pecados que aborrece el Señor, aparecen: la lengua mentirosa, el testigo falso y el que siembra discordia entre hermanos.

No hay escalafón. No hay excepción.


El juicio no viene de la luz. Viene del ego.

El ego necesita culpar para no sentir. Necesita hacer a alguien culpable para no hacerse cargo de lo que duele. Y muchas veces, cuando una mujer es engañada o traicionada, su primer impulso no es llorar… sino buscar con quién pelear.


Y entonces la culpa se vuelve obsesión con la otra:

"ella lo sedujo", 

"ella sabía que estaba casado", 

"ella me envidia, por eso quiere lo mío."


Viven diciendo que la ex o la amante, vive pendientes de su vida...Pero... ¿de verdad sabemos que está pendiente de nosotras? ¿O será que es nuestro ego el que no deja de estar pendiente de ella?


Porque seré muy honesta, yo ni sé si mi ex respira o no, más que cuando lo veo en el juzgado, y menos su o sus parejas. (Ojalá y fuese realmente feliz, para que me dejara tranquila y vivir en paz. Pero esa es otra historia).


No me toca juzgar el camino de ella(s). Ni el de él. Ni siquiera el mío de antes.


Mi único trabajo… es amarme. Respetarme. Y cuando veo que eso no se me da… no quedarme a suplicarlo.

Dios no me puso en este mundo para perseguir a quien me falla. Ni para gritarle a otra mujer lo mal que ha actuado.

Dios me creó para reflejar Su imagen. Y en Su imagen hay compasión, dignidad, y también distancia sana cuando alguien no honra mi valor.


La viga en mi ojo... también me hace daño a mí.

Jesús no habló de la “paja ajena” solo para que dejáramos de criticar. Lo hizo para que entendiéramos que ver el error del otro no nos hace más justas, solo más ciegas a nuestro propio ego, dolor y muchas veces; errores.

Y muchas veces, ese juicio que lanzamos es una forma de no mirar nuestra herida abierta.


Esto no te lo digo sin consciencia de que es duro. Que duele horrores. La traición es muy dolorosa. Te hablo porque estuve ahí. Y cuando alguien decía, "ella no es el problema" yo decía: "sí, ella sabía de mí". Pero yo estaba embarazada, golpeada física, emocional y psicológicamente... no sé si es tu caso, pero es bien difícil afrontar la traición así.

Cada vez que él salía yo recibía un mensaje diciéndome que se verían, que él ya no quería estar conmigo sino con ella, y yo pensaba, pero si yo le he pedido el divorcio hasta el cansancio, y es el quién se niega.

Y eso era lo de menos. Lo que más me dañaba era lo que deseaba a mi bebé. Tanto que tuve que literalmente bautizarme embarazada, para por fe, proteger a mi bebé en mi vientre.

No sólo era el saber de una traición, sino pensar: ¿qué tipo de mujer hace todo esto? ¿Cómo perdonas algo así?


Como descubrí la identidad de la amante de mi exesposo


Te quiero contar cómo descubrí quién era la amante fija de mi marido. Había muchas... Karla era la que yo creía la principal, pero no la conocí. A las demás sí. Pero, la principal no era Karla, sino Nicol.

Por mucho tiempo pensé en cuántas veces me he topado de frente con esta mujer y ella sabe que soy yo. Me causaba tanto dolor e inseguridad. No quería salir de mi casa porque me sentía muy poca cosa. Durante mi embarazo tuve que recibir medicamentos porque perdí tanto peso que mi bebé, para los últimos meses, no ganaba peso tampoco. Yo estaba en total depresión. Tenía tal decepción de mi esposo, de la vida, que no entendía nada y sufría sin saber por qué.

Cuando nació mi bebé, todo mejoró. Me sentía más "yo" y el tener a mi bebé fue un chispazo de alegría conectado a mi ser directamente. Tanto que me olvidé de mi "esposo y su amante" por completo, olvidé esa parte para mí. Y fue lo mejor que pude hacer.


Y en mi proceso de sanación logré perdonarlo a él muy rápido. Estuve 14 años casada con él. La decepción, el dolor y la traición eran nuestro pan de cada día. Y para seguir casada después de tantos años, sabía perdonarlo. Lo que no podía era perdonarla a ella.


Hasta que un día me detuve y hablé directamente con quien podía ayudarme a saber quién era ella. Fui, me puse de rodillas y le dije: siempre me muestras todo... Me mostraste hace dos años que esto pasaría y no lo creí. Hoy quiero pedirte por mi paz, para perdonar y entender quién es ella.


Ese día soñé con ella. Mis sueños debo interpretarlos, pero al momento de traerlos a la realidad cobran sentido.


Soñé que estaba embarazada, en una reunión familiar de él, y las tías ponían sus manos en mi panza y me decían “no se preocupe, la bebé está bien”. Al seguirlo, me encontré con una mesa de mujeres. Vi a la mujer que me daba clases infantiles en los cultos de niños de la iglesia. Mi primer instinto fue decirle: “¿no te da pena haberte metido con mi esposo siendo hija de un pastor?” Y ella, con total cinismo, me contestó: “¡No!”. Luego miré la larga fila de mujeres y pregunté: “¿quiénes más de ustedes se metieron con mi esposo?” y la que estaba frente a ella fue la primera en levantar la mano. La miré a la cara… y supe que era ella. La vi.

Al despertar pensé “qué sueño más loco”.

En el transcurso del día, mi abogado me entregó un documento de la denuncia penal, y en ese documento él tenía el número de una "amiga" donde podían contactarlo. Mi curiosidad me llevó a ingresarlo en mi teléfono y, para mi sorpresa, yo ya la tenía registrada porque él tenía vinculado su Skype con mi correo, y él hablaba con ella supongo por ahí.

Al buscarla en Facebook, es amiga de una muy buena amiga mía. Le escribí y lo primero que me dijo fue: “no te creo, su papá es pastor de una iglesia en Choloma”. Y ahí tuve mi confirmación.

Mi sueño fue la contestación a mi oración porque Dios conoce mi corazón y sabía que no era información por ego. Era sanación lo que necesitaba.


Y comencé a trabajar esa herida. Era más fácil pensar que era una arpía sin escrúpulos que entender cómo una persona que es hija de un pastor hace semejantes cosas.

Llegué a la conclusión de que Dios necesitaba mostrarme eso.


Y al momento de reflexionar, llegué a una verdad profunda: no era ella, sino él.


Hoy, no creo que fuese ella quien me enviaba los mensajes tan horribles. Estoy más que segura que era él mismo, el narcisista, queriendo triangularme y destruirme en mi momento más vulnerable.


Y entendí algo que cambió mi perspectiva:

Yo quería mantener un matrimonio por mis hijos, aunque me estuviese muriendo sin saberlo a causa de tanto abuso. Pero todo se hubiese evitado, incluso la infidelidad, si tan solo contase con una sola cosa: inteligencia emocional.


La inteligencia emocional no nos evita el dolor o la traición, pero sí evita que nos quedemos donde no debemos, sobre todo cuando hay violencia.


Y entendí que ella es tan humana como yo. Que él es tan humano como yo. Que somos muchos adultos sin inteligencia emocional.


La culpa es de cada uno de nosotros, que no nos hacemos responsables. Que preferimos juzgar y señalar al prójimo, que asumir nuestra parte.


Hay alguien encargado de las lecciones y del karma, y no soy yo. Ni mi juicio.


Si voy a exponer, me voy a exponer a mí misma. A contar mi historia. A tomar mi responsabilidad. Y si hay alguien a quien señalar por algo, lo haré con integridad y desde el respeto.


Ni ella, ni él, ni ninguna de las anteriores merecen ser mostrados al mundo como trofeos de dolor. Porque yo no soy santa. Mis pecados, aunque distintos, no dejan de ser pecados. Y ante Dios, todos los pecados pesan igual.


Jesús nos dejó el mayor ejemplo de empatía ante el error humano.

Cuando la mujer adúltera fue llevada ante Él, no preguntó si su pecado era el más grave. No la humilló. No pidió pruebas. Solo dijo:

“El que de ustedes esté libre de pecado, que tire la primera piedra” (Juan 8:7).


No dijo “quien no haya fornicado”, ni “quien nunca haya fallado en el matrimonio” … dijo LIBRE DE PECADO.


Y todos se fueron.

Entonces te pregunto:

¿cuáles son tus pecados?

Aunque distintos a los de la amante de tu esposo, ¿crees que son más pequeños?

¿Crees que merecen menos juicio?

Si Dios, que es justo, no te ha señalado con vergüenza…

¿por qué vos sí lo haces con otra mujer?


No fuimos llamadas a ser juezas. Fuimos llamadas a ser luz.

Y eso empieza cuando sanamos… no cuando señalamos.

Busca sanar tus heridas, tu dolor.

Por vos. Porque mereces ser feliz.



“El alma que ha sanado no necesita señalar.

Sabe que ninguna mujer es su enemiga,

y que creerse mejor es tan solo otra forma de seguir herida.

Dios no nos llamó a competir…

Nos llamó a comprender, a soltar y a elegir la paz.”

— Jorleny García | Beacon of Light™


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